Bad Bunny no canta para que lo entiendas
Marketing, política, cultura y moda en una actuación que batió récords y explicó mucho más de lo que parecía en el Super Bowl.
Voy a empezar siendo honesta. A mí, particularmente, Bad Bunny no me gusta. Por más que me esfuerce, no consigo entender lo que canta. Y no, no tiene nada que ver con el acento. Ricky Martin, René de Calle 13 o Marc Anthony se entienden perfectamente. En su caso, a veces tengo la sensación de que canta con una pelota en la boca.
Dicho esto, hay que decirlo claro: la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl fue impresionante. No solo desde el punto de vista artístico, sino desde algo mucho más interesante para analizar: el impacto.
El dato lo dice todo. 135,4 millones de espectadores. Un nuevo récord de audiencia en el Super Bowl. No es solo “una buena actuación”. Es un fenómeno cultural de masas.
Desde marketing, lo que hizo fue magistral. Bad Bunny no intentó agradar a todo el mundo. No suavizó su identidad, no tradujo su mensaje, no lo hizo más “digestivo” para el público anglosajón. Hizo exactamente lo contrario. Apostó por una narrativa profundamente local, cargada de símbolos, referencias y códigos culturales de Puerto Rico y de la comunidad latina. Y eso, paradójicamente, lo hizo global.
Las marcas más potentes hoy no son las que se diluyen para gustar, sino las que se definen con claridad, aunque eso implique incomodar o no ser comprendidas del todo. Bad Bunny no estaba vendiéndose. Estaba contando algo. Y cuando una historia está bien construida, la audiencia llega sola.
Todo fue político
No hubo discursos explícitos ni consignas evidentes, pero sí símbolos muy claros. El apagón eléctrico, los trabajadores del campo, la precariedad estructural de la isla, la relación desigual con Estados Unidos. Todo estaba ahí. Sin subrayados. Sin explicaciones. Confiando en la inteligencia del espectador.
Eso incómoda. Porque obliga a mirar realidades que muchas veces se prefieren ignorar, especialmente en un evento pensado históricamente como entretenimiento “neutral”. Pero no existe la neutralidad cuando se habla de quién ocupa el escenario y desde dónde lo hace.
Bad Bunny llevó al centro del espectáculo más visto del mundo elementos cotidianos de la vida latina. La boda, el niño dormido en dos sillas, el bar de barrio, la música compartida, la familia alrededor de una televisión. Escenas que para muchas personas son normales, pero que rara vez se representan como protagonistas.
No fue folklore. Fue pertenencia.
La moda como herramienta
Y luego está la moda. El vestuario no estaba ahí para embellecer el espectáculo, sino para reforzar el relato. Bad Bunny apareció vestido con piezas de Zara y Adidas, marcas accesibles, reconocibles, cotidianas. En un escenario históricamente asociado al lujo, la exclusividad y los estilismos de alta costura, esa elección tuvo un mensaje claro: democratizar la estética. No se trataba de aspirar a lo inalcanzable, sino de validar lo que ya está en la calle.
Lo interesante es el contraste con otros momentos de su carrera, como su aparición posterior en los Grammy, donde sí apostó por una firma de alta moda. No es contradicción, es estrategia. Bad Bunny entiende cuándo la moda debe ser herramienta de pertenencia y cuándo puede ser símbolo de poder. En ambos casos, el vestuario no adorna: comunica.
Hay además un detalle clave que explica por qué esta actuación no fue un fenómeno aislado, sino la culminación de una narrativa bien construida durante años. Bad Bunny no apareció de la nada en ese escenario. Lleva tiempo dialogando, de forma explícita, con referentes culturales que han entendido el pop como espacio político, performativo y emocional.
Su vínculo con Lady Gaga no es random. En 2020 declaró que Chromatica era el álbum al que recurría cuando se sentía mal, y durante años vistió su merchandising, la citó como influencia y la integró como referencia estética y simbólica. Gaga, por su parte, reconoció recientemente que Bad Bunny es uno de los artistas latinos con los que más deseaba colaborar. La aparición conjunta en el Super Bowl no fue una sorpresa estratégica, sino el cierre de un diálogo artístico previo.
La revalorización de todo un ecosistema cultural
Desde el punto de vista de la representación, la actuación fue también una declaración de apoyo. No solo por la presencia de artistas como Ricky Martin, sino por la forma en que se mostró el deseo, la ambigüedad y la tensión entre cuerpos masculinos en cámara. Algo extremadamente raro en la historia del Super Bowl. No fue provocación gratuita. Fue visibilidad en un espacio históricamente conservador.
El impacto no tardó en reflejarse en los datos. Tras la actuación, las reproducciones de Bad Bunny en Estados Unidos se dispararon, con aumentos de hasta un 470 % en plataformas como Spotify. Lo interesante es que este efecto arrastre benefició también a otros artistas en español, incluido Ricky Martin, cuyas escuchas crecieron de forma significativa. El espectáculo no solo amplificó una marca personal, sino que revalorizó todo un ecosistema cultural.
Esto conecta con la idea más importante en el marketing cultural, de que cuando una narrativa es auténtica, coherente y sostenida en el tiempo, el público no necesita entender cada símbolo para sentirse interpelado. Basta con percibir que lo que se muestra no es impostado. Bad Bunny no tradujo su mensaje ni lo explicó. Confió en que quien quisiera entender, lo haría. Y quien no, al menos miraría.
Por eso esta actuación no fue solo entretenimiento. Fue posicionamiento. Cultural, político y estético. En un evento diseñado para gustar a todos, eligió no diluirse. Y precisamente por eso llegó tan lejos.
Puede que no te guste su música. A mí no me gusta.
Puede que no entiendas lo que canta. Yo tampoco.
Pero entender por qué esto funcionó es entender hacia dónde se mueve la cultura, el marketing y el poder simbólico. Y eso merece atención, incluso cuando el artista no es de tu gusto.
Porque a veces, lo más relevante no es si te gusta.
Es por qué todo el mundo está mirando.













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