No recuerdo cuándo me di cuenta de que me gustaban las mujeres. Creo que, de alguna manera, siempre lo supe.
Lo que sí recuerdo es cuándo empecé a pensar que había algo malo en ello.
Crecí en un entorno donde la iglesia evangélica tenía respuestas para prácticamente todo. También para las preguntas que yo todavía no me atrevía a hacer.
Allí me enseñaron que sentir atracción por alguien de mi mismo sexo era algo sucio. Algo del diablo. Una desviación de lo que Dios había previsto para nosotros.
Y cuando creces escuchando que una parte de ti es pecado, acabas aprendiendo a vigilarte.
A controlar cómo miras a otra mujer. A buscar explicaciones inocentes para determinados pensamientos. A convencerte de que aquello que sientes es una confusión pasajera.
Lo curioso es que nunca dejé de sentirlo. Simplemente aprendí a no darle demasiado espacio.
Durante años hice lo que se suponía que tenía que hacer. Salí con hombres, tuve relaciones y traté de encajar en una vida que, vista desde fuera, no tenía nada de extraordinario.
Pero había pequeños detalles que hoy, cuando los recuerdo, me hacen pensar en lo mucho que podemos llegar a mentirnos para no enfrentarnos a nosotros mismos.
Me acuerdo de mi primer novio de la universidad.
Él decía que tenía una especie de fetiche por las mujeres de una determinada etnia. A mí también me resultaban especialmente atractivas. Recuerdo que, en una ocasión, me dijo que, si alguna vez conocíamos a una, la invitaría a nuestra cama.
Y os cuento esto porque hay algo de aquella conversación que nunca olvidé.
En mi fantasía, él no estaba.
Nunca estuvo.
Y, desde luego, jamás habría estado.
Lo que para él era imaginar una experiencia sexual entre tres personas, para mí era algo completamente distinto. Pero entonces todavía no era capaz de reconocer abiertamente lo que aquello significaba.
Resultaba mucho más sencillo dejar que mis deseos existieran dentro de las fantasías de otra persona que admitir que eran míos.
Con el tiempo entendí que una cosa es sentir atracción y otra muy diferente permitirse vivirla.
Y yo llevaba años haciendo lo primero mientras me prohibía lo segundo.
La primera vez que me enamoré de una mujer fue en el trabajo.
Era una chica alternativa, de esas personas que parecen tener una manera muy particular de estar en el mundo.
Nos conocimos trabajando y empezamos a pasar horas hablando.
De cualquier cosa.
De todo.
Había una complicidad que no necesitaba demasiadas explicaciones. Había coqueteo, miradas que duraban un poquito más de lo habitual y esa tensión sexual que aparece cuando dos personas saben que algo está ocurriendo, aunque ninguna se atreva a ponerle nombre.
Me gustaba hablar con ella. Me gustaba estar cerca. Me gustaba esa sensación de esperar el siguiente encuentro sin tener que inventarme una excusa.
Pero, sobre todo, me gustaba ella.
Nunca pasó nada entre nosotras.
Y durante mucho tiempo me conté que simplemente habíamos tenido una amistad especial.
Qué palabra tan útil, amistad, cuando todavía no estamos preparados para reconocer que nos hemos enamorado.
Mirando atrás, creo que aquel fue uno de mis primeros grandes conflictos entre lo que deseaba y lo que creía que debía desear.
No era que no supiera lo que sentía.
Era que reconocerlo habría significado enfrentarme a demasiadas cosas.
A la educación que había recibido.
A las expectativas de los demás.
A aquella voz que durante años me había repetido que ciertos sentimientos no eran naturales, que estaban mal, que debía combatirlos.
Y a veces una termina haciendo precisamente eso: combatir algo que, si hubiera nacido en otras circunstancias, quizá habría vivido con absoluta naturalidad.
Me enseñaron a tener miedo de un amor que todavía no había tenido la oportunidad de conocer.
Pasaron los años.
Y llegó alguien que lo cambió todo.
No porque fuera la primera mujer que me atrajera. Ni siquiera porque fuera la primera de la que me enamoraba.
Sino porque lo que sentí entonces fue tan grande que ya no encontré ninguna explicación que pudiera utilizar para seguir escondiéndome.
Era un sentimiento abrumador. De esos que te atraviesan por completo, que te hacen descubrir una intensidad que no sabías que existía.
Por primera vez, la idea de amar a alguien no venía acompañada de la necesidad de convencerme de que aquello era lo correcto.
Simplemente lo sentía.
Y quería vivirlo.
Quería hablar de ella. Quería que las personas importantes de mi vida supieran que había encontrado a alguien extraordinario. Quería compartir esa felicidad sin tener que medir cada palabra, sin inventarme historias, sin convertir algo tan bonito en un secreto.
Quería gritarle al mundo que había encontrado a mi persona.
Y fue entonces cuando comprendí algo que me dolió reconocer.
Durante muchos años había intentado convencerme de que ciertos sentimientos eran amor porque encajaban en la vida que se esperaba de mí.
Había buscado razones para querer de una determinada manera. Había cuestionado mi propia voluntad, negociado conmigo misma y aprendido a considerar aceptable lo que no me obligaba a dar explicaciones.
Pero aquella vez no había nada que negociar.
No quería vivir un amor a medias.
No quería presentar como una amistad a la persona que me hizo sentir mucho más.
No quería volver a tener que elegir entre compartir mi felicidad y proteger a los demás de una verdad que quizá no estaban preparados para escuchar.
Y, sobre todo, no quería que la mujer que amaba sintiera que había algo vergonzoso en nuestra historia.
Porque no lo había.
Nunca lo hubo.
Mi salida definitiva del armario no fue una conversación especialmente solemne ni un momento en el que, de repente, desaparecieran todos los miedos.
Fue, ante todo, una decisión.
La de dejar de actuar como si mi felicidad necesitara autorización.
Y no voy a romantizarlo. Crecer con determinadas creencias deja marcas. Una puede abandonar una iglesia mucho antes de conseguir desprenderse de todo lo que aprendió dentro de ella.
A veces la culpa aparece incluso cuando racionalmente sabes que no has hecho nada malo.
A veces descubres que llevas años juzgándote con la voz de personas que ya ni siquiera forman parte de tu vida.
Y otras veces te sorprendes pensando en cuántas experiencias te perdiste por intentar convertirte en alguien que los demás pudieran aceptar sin hacer preguntas.
No sé qué habría pasado con aquella chica que conocí en el trabajo si hubiera tenido entonces la libertad que fui conquistando años después.
Tampoco puedo recuperar todas las veces que callé lo que sentía.
Pero hay algo que sí puedo hacer: hablar de ello ahora.
Porque durante mucho tiempo creí que salir del armario consistía en contarles a los demás quién era.
Hoy pienso que el proceso más difícil había empezado mucho antes, cuando todavía estaba intentando reconocerlo delante del espejo.
Y hay una diferencia enorme entre saber quién eres y sentir que tienes derecho a serlo.
Con el tiempo también comprendí que no todo el mundo consigue llegar hasta ese punto.
Hay personas que pasan la vida entera escondiendo a quien aman. Que se casan con alguien para no decepcionar a su familia. Que aprenden a llamar pecado a sus deseos y sacrificio a su propia infelicidad.
Personas que quizá nunca han escuchado, de alguien a quien quieren, que no tienen nada de lo que avergonzarse.
Y me pregunto cuántas historias de amor no llegaron a existir por culpa de ese miedo.
Cuántas mujeres fueron presentadas como amigas.
Cuántas despedidas fueron en realidad declaraciones de amor que nadie se atrevió a pronunciar.
Cuántas vidas se construyeron alrededor de una mentira que empezó mucho antes de que sus protagonistas pudieran elegir.
No puedo hablar por todas esas personas.
Solo puedo contar lo que significó para mí descubrir que el amor no era aquello que me habían enseñado a temer.
Que lo que sentía no era sucio.
Que no había nada diabólico en querer besar a una mujer, enamorarme de ella o imaginar una vida a su lado.
Y que quizá el verdadero daño nunca estuvo en lo que yo sentía, sino en todo lo que me enseñaron a sentir contra mí misma.
Durante años necesité encontrar palabras para muchas cosas que había aprendido a callar.
Y de esa necesidad, de todas esas preguntas sobre la fe, la culpa, el deseo, el miedo y la libertad, nació una historia que llevaba mucho tiempo queriendo contar.
Se llama El silencio del Alma.
Es una novela sobre una mujer que tendrá que enfrentarse a todo aquello en lo que le enseñaron a creer para descubrir si es capaz de vivir el amor que siente.
Y muy pronto estará disponible.
Porque algunas historias necesitan ser contadas precisamente por todas las veces que nos enseñaron a guardarlas en silencio.
Viviane Leone
Founder



