El clima no afecta a todos por igual
Brasil bate récords de calor mientras la desigualdad decide quién se protege y quién paga las consecuencias.
En diciembre, São Paulo registró las temperaturas más altas desde que existen mediciones sistemáticas, en 1961. No es un dato aislado ni una anécdota meteorológica. Es una señal más de algo que ya sabemos, pero seguimos evitando mirar de frente: la crisis climática es también una crisis de desigualdad.
Brasil es hoy un ejemplo claro. Mientras algunas personas pueden aislarse del calor con aire acondicionado, generadores y viviendas preparadas, millones enfrentan temperaturas extremas en casas mal ventiladas, en trabajos al aire libre o en barrios sin infraestructura básica. El calor no es solo incómodo. Mata.
En 2023 y 2024, las olas de calor extremo provocaron decenas de miles de muertes en todo el mundo. En Europa se estiman más de 60.000 muertes asociadas al calor en un solo verano reciente. En Asia y Latinoamérica, los registros son más difíciles de consolidar, pero los organismos internacionales coinciden en que las cifras crecen año tras año, especialmente entre personas mayores, población empobrecida y trabajadores expuestos.
La desigualdad climática se ve también en los detalles que parecen triviales. Hace poco volvió a circular una historia conocida en Brasil: Xuxa, una de las presentadoras más famosas y reconocida en Brasil y sus países vecinos, contó que tiene un sistema de aire acondicionado industrial en su habitación y que incluso tuvo que firmar un documento de responsabilidad por su instalación. El contraste es brutal. Mientras unos pueden blindarse frente al calor extremo, otros apenas tienen acceso a agua potable o electricidad estable.
El calentamiento global no golpea primero a quienes más contaminan, sino a quienes menos recursos tienen para adaptarse. Países del sur global, zonas urbanas densas, comunidades rurales y periféricas son las más expuestas. Y no es una cuestión de futuro. Es presente.
Este escenario conecta directamente con El gran diluvio, la película que acaba de llegar a Netflix. Más allá del relato catastrofista, lo inquietante no es el agua subiendo, sino cómo se organiza la supervivencia. Quién tiene información, refugio, recursos. Quién queda fuera. La ficción exagera, pero no inventa. La emergencia climática siempre revela las mismas grietas sociales.
Hablar de crisis climática sin hablar de desigualdad es quedarse en la superficie. No todos contribuyen igual al problema y, desde luego, no todos pagan el mismo precio. El calor extremo, las inundaciones y las sequías no son solo fenómenos naturales. Son pruebas de estrés para un sistema que ya era injusto antes de que subiera la temperatura.
La pregunta incómoda no es si el clima va a empeorar. Eso ya lo sabemos.
La pregunta es qué tipo de sociedad estamos dispuestos a sostener cuando protegerse del clima se convierte en un privilegio.



