El mismo taladro, un 40 % más caro y pintado de rosa
Por qué confundir diseño inclusivo con estética “femenina” sigue siendo un error de marketing y de criterio.
No soy una persona habilidosa con herramientas. Nunca lo fui. A diferencia de mi madre y de mi pareja, que son mujeres que saben arreglar cosas, montar muebles, hacer pequeñas reformas y manejar un taladro sin problema. Yo no crecí con ese aprendizaje ni forma parte de mis intereses personales.
Pero sí trabajo en marketing. Y cuando veo ciertas decisiones de producto, no puedo evitar analizarlas.
Estos días ha circulado el lanzamiento, de una marca brasileña, de una línea de herramientas presentada como “pensada para mujeres”. El relato habla de autonomía, seguridad e independencia. El mensaje intenta conectar con un discurso contemporáneo, sensible y aparentemente alineado con la igualdad. El problema no está en la intención declarada, sino en cómo se materializa.
Porque cuando miras el producto, lo que cambia no es la experiencia de uso. Cambia el color. Y cambia el precio.
Aquí es donde conviene frenar y pensar con un poco más.
Diseñar para un público concreto no consiste en cambiar la apariencia y ponerle una etiqueta distinta. Un producto bien segmentado parte de una necesidad específica y demuestra, de forma tangible, cómo la resuelve mejor que otras opciones. Si esa necesidad existe, debería verse en el peso, en el equilibrio, en el agarre, en la vibración, en la facilidad de control. No solo en la carcasa.
Además, el uso de herramientas no responde a identidades de género, sino a situaciones. Colgar una estantería, ajustar una bisagra o montar un mueble no son acciones masculinas ni femeninas. Son tareas concretas que requieren comodidad, precisión y seguridad. Cuando se asume que hay que “adaptar” un producto para mujeres sin explicar qué se adapta exactamente, el mensaje implícito es incómodo.
Se transmite la idea de que lo estándar no está pensado para ellas. Y que, por tanto, necesitan una versión aparte, más suave, más simple o más decorativa. Eso no amplía opciones. Las reduce.
A esto se suma un factor que muchas marcas siguen subestimando, la diferencia de precio. Cuando dos productos cumplen la misma función, con prestaciones prácticamente equivalentes, pero uno cuesta significativamente más solo por cómo se presenta, el discurso se cae. No se percibe como inclusión. Se percibe como penalización.
Si de verdad se quisiera desarrollar una propuesta más justa y actual, el enfoque sería otro. Hablar de usos concretos, no de géneros. Explicar beneficios reales, no símbolos. Mostrar a personas diversas utilizando el producto sin necesidad de etiquetarlas. Y, sobre todo, mantener coherencia entre valor ofrecido y precio.
El mercado ha cambiado. Las personas también. Y cada vez es más evidente cuándo una marca apuesta por entender a su público y cuándo solo maquilla una idea antigua con un lenguaje nuevo.
No se trata de crear productos “para mujeres”.
Se trata de diseñar mejor, comunicar con honestidad y no llamar innovación a un cambio de color.






