Brasil vuelve a votar el 25 de octubre.
Y mientras seguimos hablando de Lula, Bolsonaro, izquierda, derecha, comunismo y patriotismo, hay algo que me inquieta bastante más que el resultado de unas elecciones.
La facilidad con la que opinamos sobre política sin conocer la historia.
Y, como suele ocurrir, las redes están haciendo su agosto.
Todo el mundo tiene una opinión.
Todo el mundo sabe quién va a destruir el país.
Lo que no tiene todo el mundo es información contrastada. Y esto me llevó a hacerme algunas preguntas.
¿Cómo empieza a perderse una democracia? ¿Qué ocurrió antes de las grandes dictaduras? ¿Hay señales que se repiten?
Porque los libros de historia nos cuentan cómo terminaron las cosas.
Pero rara vez nos preguntamos qué habría pensado una persona corriente mientras estaban empezando.
Alguien que trabajaba, pagaba sus facturas, discutía de política con la familia y seguramente pensaba que todo aquello era una crisis más.
Así que empecé a investigar.
Y lo que encontré merece una conversación.
El día anterior a una dictadura también parecía un día normal
Cuando pensamos en dictaduras, imaginamos militares, tanques, censura y personas perseguidas.
Claro. Conocemos el final.
Pero ¿qué pasaba antes?
En Italia, Mussolini llegó al poder en 1922, en un contexto de violencia política e intimidación fascista, con la complicidad de sectores de las instituciones tradicionales.
En Alemania, Hitler fue nombrado canciller en 1933. Después llegaron las medidas de emergencia, la persecución de opositores y una ley que permitió al Gobierno legislar sin el Parlamento.
En Brasil, el golpe de 1964 se presentó como una defensa del orden y de la nación frente a la amenaza comunista. La dictadura duró 21 años.
Y en Chile, la crisis política terminó en 1973 con un golpe militar que destruyó el Gobierno constitucional de Salvador Allende.
No fueron procesos idénticos. Algunos necesitaron golpes militares. Otros combinaron violencia con mecanismos legales.
Pero encontré una coincidencia.
Quienes terminaron destruyendo las libertades a menudo aseguraban que estaban salvando al país.
De los enemigos.
Del caos.
De la corrupción.
De la decadencia moral.
Suena familiar porque son palabras que siguen formando parte de la política actual. Y conviene aclararlo: utilizarlas no convierte automáticamente a nadie en un dictador.
Lo preocupante empieza cuando esas palabras sirven para justificar que determinados ciudadanos tengan menos derechos o que el Gobierno pueda actuar sin controles.
El nuevo autoritarismo ha aprendido a utilizar las leyes
Aquí empieza la parte realmente interesante.
Porque quizá seguimos buscando las señales equivocadas.
Estamos pendientes de los tanques.
Y no miramos las reformas.
La politóloga Nancy Bermeo lleva años investigando el retroceso democrático. En su estudio On Democratic Backsliding explica que muchas de las amenazas contemporáneas ya no adoptan la forma clásica de un golpe de Estado.
Ahora el deterioro puede llegar mediante decisiones de gobiernos elegidos en las urnas.
Un cambio en las competencias de los tribunales.
Una reforma que dificulta competir a los adversarios.
Una institución independiente que pierde autonomía.
Una medida excepcional que se prorroga indefinidamente.
Todo puede presentarse como legal.
Y, sin embargo, ir reduciendo la capacidad de la sociedad para controlar a sus gobernantes.
En Perú, Alberto Fujimori protagonizó un autogolpe en 1992 y disolvió el Congreso.
En Hungría, después de 2010, el Gobierno de Viktor Orbán impulsó cambios constitucionales y legales que han debilitado progresivamente los contrapesos institucionales.
No son situaciones idénticas, pero ayudan a entender algo fundamental…
Una democracia no consiste únicamente en poder votar. También consiste en poder limitar a quien gana.
Si un presidente puede hacer cualquier cosa porque obtuvo la mayoría, lo que tenemos no es necesariamente una democracia sana.
Tenemos una mayoría con demasiado poder.
Y eso debería preocuparnos independientemente de quién ocupe la presidencia.
Los números tampoco son precisamente tranquilizadores
Quería saber si esta preocupación era una impresión mía o si los investigadores estaban observando algo parecido.
Así llegué al Democracy Report 2026, del Instituto V-Dem, vinculado a la Universidad de Gotemburgo.
El informe identifica 44 países inmersos en procesos de autocratización.
¿Y cuál es una de las prácticas que más se repiten?
Presionar a los medios de comunicación.
En 32 de esos 44 países se observa un deterioro significativo del indicador de esfuerzos gubernamentales por censurar a la prensa.
También aparecen con frecuencia las restricciones a organizaciones civiles y el debilitamiento de la integridad electoral y de los controles al poder.
Por su parte, Freedom House contabilizó un deterioro de las libertades en 54 países durante 2025.
Y aquí viene un dato que merece quedarse unos segundos en nuestra cabeza.
La libertad mundial lleva veinte años consecutivos retrocediendo según sus mediciones.
Veinte.
No estamos hablando de una mala semana de titulares.
Estamos hablando de una tendencia prolongada.
Hay un momento en el que dejamos de defender las reglas
Y este punto, para mí, es el más incómodo.
Porque resulta relativamente fácil defender la libertad de expresión cuando quien habla piensa como nosotros.
Lo difícil es defenderla cuando dice algo que nos molesta profundamente.
Es fácil exigir jueces independientes cuando investigan al político que detestamos.
Más complicado cuando investigan al que votamos.
Y ahí es donde empieza una trampa que conocemos demasiado bien.
Si lo hacen los míos, seguro que hay una explicación.
Si lo hacen los otros, es una amenaza para la democracia.
La ciencia política ha estudiado cómo la polarización puede llevar a los ciudadanos a tolerar comportamientos antidemocráticos de sus propios candidatos.
Y esto no significa que todas las ideologías tengan el mismo historial ni que todas las vulneraciones sean equivalentes.
Significa que la democracia necesita ciudadanos capaces de exigir límites incluso a los políticos que les gustan.
Algo que, viendo muchas conversaciones en internet, parece haberse convertido en un deporte de riesgo.

Cinco preguntas que deberíamos hacer antes de votar
Después de revisar todos estos precedentes, quise convertir la investigación en algo práctico.
Un pequeño examen.
No para decidir qué partido tiene razón en cada asunto.
Sino para evaluar qué está ocurriendo con nuestras instituciones.
Porque quizá no sepamos memorizar constituciones enteras, pero sí podemos hacernos cinco preguntas bastante sencillas.
¿Puede un gobierno perder unas elecciones y marcharse?
¿Puede un juez independiente frenar una decisión ilegal del Ejecutivo?
¿Puede un periodista investigar al poder sin sufrir represalias?
¿Puede la oposición organizarse y expresar sus ideas libremente?
¿Las medidas excepcionales tienen límites reales o terminan convirtiéndose en permanentes?
Si las respuestas empiezan a ser negativas, tenemos motivos para investigar qué está pasando.
No quiero decirte a quién votar
Ni convencerte de que un partido representa todos los males y otro todas las soluciones.
Eso sería bastante fácil.
Y poco útil.
Lo que quiero es que dejemos de tratar la democracia como si fuera algo que se mantiene por sí solo.
Nací en un país que vivió una dictadura militar durante 21 años. Y me impresiona comprobar cómo determinadas personas siguen recordando aquel periodo únicamente a través de la promesa de orden, dejando fuera la censura, la persecución y la pérdida de libertades.
No quiero comparar automáticamente el Brasil de 2026 con el de 1964.
Sería una simplificación histórica.
Pero tampoco quiero aceptar que la historia es algo que estudiamos para aprobar exámenes y después olvidamos.
Las democracias pueden atravesar crisis profundas y recuperarse. También pueden deteriorarse hasta dejar de funcionar como tales.
La diferencia no depende de una sola elección.
Depende de las instituciones, de quienes ejercen el poder y de lo que los ciudadanos estamos dispuestos a tolerar.
Por eso me gustaría proponerte algo antes de las próximas elecciones.
Cuando escuches a un político prometer que va a salvar el país, pregúntate de qué quiere salvarlo.
Y, sobre todo, qué está dispuesto a hacer para conseguirlo.
Porque a veces no descubrimos que hemos perdido una libertad el día que nos la quitan.
Lo descubrimos cuando intentamos utilizarla.
Y ya no podemos.






