No, eso no explica el racismo
Decir que “los negros son racistas entre ellos” no describe una realidad: la deforma. Confunde herida con poder y usa el daño histórico como coartada para no mirar el sistema que lo produjo.
He escuchado muchas veces, casi siempre en boca de personas ignorantes, esa frase dicha con la tranquilidad de quien cree haber entendido algo profundo: “los negros son racistas entre ellos”.
Suele aparecer en conversaciones perezosas, en comentarios de sobremesa, en discusiones de redes donde la gente confunde haber visto una escena con haber comprendido una historia. Alguien menciona tensiones entre personas negras, diferencias de trato según el tono de piel, burlas, jerarquías, desconfianzas, y enseguida aparece el veredicto simple, redondo, cómodo. Como si con eso quedara todo explicado. Como si siglos de esclavitud, colonización, segregación, violencia policial, exclusión económica y representación degradante pudieran resumirse en una frase de barra de bar.
Lo primero que conviene decir es que esa afirmación parte de una trampa. Confunde conflicto con sistema. Confunde prejuicio con poder. Confunde la herida con la mano que la abrió.
Claro que dentro de comunidades racializadas existen tensiones, rechazos, clasismos, colorismo, prejuicios aprendidos. Sería infantil negarlo. Pero eso no significa que el racismo funcione en todas direcciones del mismo modo, con la misma fuerza y las mismas consecuencias. No todo desprecio es equivalente. No toda violencia nace del mismo lugar. Hay una diferencia decisiva entre reproducir jerarquías que uno ha mamado desde la cuna y ocupar la posición histórica desde la que esas jerarquías se impusieron al mundo.
El racismo no es simplemente antipatia entre personas de distinto color. Es una estructura que organiza valor, acceso, sospecha, castigo y prestigio. Es la diferencia entre que te miren mal y que te cierren puertas. Entre que te insulten y que tu cuerpo sea leído como amenaza antes de abrir la boca. Entre una crueldad cotidiana y un sistema entero que decide quién merece protección, quién merece crédito, quién merece humanidad.
Por eso esa frase, “los negros son racistas entre ellos”, no es inocente. Funciona como una coartada. Sirve para desplazar la conversación. Para sugerir que el problema está repartido de forma democrática, que todo el mundo discrimina a todo el mundo y que, por tanto, nadie tiene demasiada responsabilidad. Es una forma de blanquear el origen de la violencia. De quitarle apellido a la historia.
Basta mirar escenas pequeñas para entenderlo. Una niña negra aprende muy pronto qué pelo es “bonito”, qué nariz es “fina”, qué tono de piel recibe elogios y cuál provoca silencio. No hace falta que nadie le dé una conferencia sobre supremacía racial. Le basta con ver anuncios, muñecas, presentadoras, profesoras, princesas, portadas, filtros, chistes, matrimonios celebrados y matrimonios tolerados. Le basta con notar quién es llamada elegante y quién fuerte, quién dulce y quién intimidante, quién exótica y quién simplemente bella. Esa educación no ocurre en un aula. Ocurre en el aire.
Luego, años después, alguien observará las consecuencias de esa pedagogía brutal y dirá, con suficiencia, que “entre ellos también son racistas”. Como si hubiera descubierto una contradicción. Como si el daño interiorizado fuera prueba de igualdad en el daño y no precisamente la prueba más feroz de hasta qué punto una sociedad puede meterse debajo de la piel.
La dominación no solo expulsa. También ordena por dentro.
Ese es uno de los legados más crueles del racismo. No se limita a discriminar desde fuera. Consigue que las personas miren con los ojos de quien las desprecia. Consigue que la escala de valor del opresor se convierta en sentido común. Que el tono de piel más claro sea leído como ventaja. Que ciertos rasgos acerquen o alejen de una idea de respetabilidad. Que lo europeo siga funcionando como medida silenciosa de lo deseable. No porque la gente nazca odiándose, sino porque ha sido educada durante generaciones para entender el mundo con ese diccionario.
Y aquí hay algo especialmente perverso. Muchas veces, cuando los efectos de ese sistema aparecen dentro de una comunidad negra, el mundo blanco los señala con rapidez, casi con alivio. Mirad, dicen. También se discriminan. También se degradan. Como si eso absolviera a alguien. Como si una casa incendiada perdiera la memoria de quién llevó el combustible porque ahora sus habitantes tropiezan entre el humo.
He visto esa lógica en cosas muy concretas. En la sorpresa obscena con la que algunos comentan que una persona negra prefiera parejas de piel más clara. En el morbo con que se observa a familias donde una abuela repite, sin saber de dónde le viene, que el niño “salió mejor” porque heredó ciertos rasgos. En la manera en que algunos medios se fascinan con el colorismo, pero se vuelven mucho menos elocuentes cuando toca hablar de quién construyó la escala que lo hace posible.
Siempre resulta más cómodo analizar la fractura que la maquinaria.
Decir que una persona negra puede reproducir prejuicios no desmonta el racismo. Lo confirma. Demuestra hasta qué punto ha sido eficaz. Hasta qué punto no solo ordena comisarías, salarios, currículos, controles fronterizos o mapas urbanos, sino también la imaginación íntima de quienes lo padecen.
Eso no quita responsabilidad individual. El dolor no santifica a nadie. Las personas son responsables de lo que hacen con el daño que reciben. Pero entender de dónde viene una conducta no es justificarla. Es negarse a pensar como un bruto. Es distinguir entre la piedra y la onda expansiva.
La frase inicial fracasa porque quiere convertir una historia larga de dominación en una anécdota moral. Porque pretende mirar siglos de violencia heredada y concluir que el problema es que las víctimas no se quieren bien entre sí. Como si el racismo fuera una riña de vecindario. Como si no hubiera archivos, cadenas, leyes, linchamientos, migraciones forzadas, cárceles llenas, barrios separados, escuelas peores, sospechas hereditarias y cuerpos convertidos en argumento.
Hay algo obsceno en pedir pureza psicológica a quienes han vivido bajo el peso de una jerarquía racial y usar sus fracturas internas como prueba de que la jerarquía no existe. Es una exigencia cruel y, sobre todo, ventajista. El racismo hace daño dos veces: primero cuando golpea, después cuando utiliza la deformación que deja ese golpe para negar que hubo violencia.
Quizá por eso conviene desconfiar de las frases que lo explican todo demasiado rápido. Suelen ser las favoritas de quienes nunca han tenido que vivir dentro del problema que describen. Llaman lucidez a lo que en realidad es pereza. Llaman realismo a lo que apenas es una manera de no mirar.
Porque no, la historia no se corrige señalando las grietas de quienes la han sufrido. La historia empieza a corregirse cuando por fin se señala la arquitectura que las abrió.
Y como decía Gabriel O Pensador, un lúcido poeta brasileño: el racismo es estupidez.









