Hace unos días decidí empezar a publicar en Threads.
Acabo de lanzar mi primera novela, El silencio del alma, y estoy en esa fase en la que quiero (y debo) hablar de ella hasta con la señora de la panadería.
Después de tantos años escribiendo para otras personas, por fin tengo un libro con mi nombre en la portada.
Así que publiqué algo bastante representativo de mí:
«Tengo cara de escribir poesía romántica mientras tomo café. Pero la verdad es que escribo sobre amores que duelen, religiones que condenan y verdades que incomodan».
Y añadí que para escribir cosas bonitas ya estaban las tarjetas de cumpleaños.
Me hizo certa gracia. Hasta que comenzaron los comentarios.
Una persona me preguntó qué escribía que otros no se atrevieran a contar. Otra me explicó que hablar de problemas no aporta positividad, que bastante tiene uno con sus desgracias y que lo bonito de la vida está en las personalidades bonitas.
Vamos, que entré en Threads a hablar de literatura y acabé recibiendo una auditoría de felicidad.
Confieso que fue un jarro de agua fría.
No porque me moleste que alguien piense diferente. Trabajo en comunicación desde hace más de diez años. A estas alturas, si no tolerase una opinión contraria, tendría que dedicarme a criar plantas, además de mis gatos.
Fue por el momento.
Estaba especialmente ilusionada con la publicación del libro y, de repente, me encontré justificando por qué había decidido escribir sobre algo doloroso.
Y eso me hizo pensar.
¿Desde cuándo hemos decidido que una buena historia tiene que hacernos sentir bien?
La ciencia tiene una explicación bastante interesante
Existe un fenómeno estudiado en psicología de los medios llamado entretenimiento eudaimónico.
Si no te apetece buscar en Google que es eso, te lo resumo.
Basicamente no siempre buscamos entretenimiento para divertirnos. A veces elegimos historias que nos hacen pensar, cuestionarnos cosas o comprender experiencias ajenas, aunque despierten emociones desagradables.
En 2015, la investigadora Emy Koopman publicó en la revista científica Poetics un estudio con 343 participantes sobre ¿por qué elegimos leer libros tristes?
Encontró que la búsqueda de significado y la manera en que valoramos nuestras propias emociones estaban relacionadas con la preferencia por estas lecturas.
Es decir, una historia no necesita hacernos felices para aportarnos algo valioso.
Y hay más.
Un metaanálisis publicado en 2024, que reunió resultados de 70 experimentos, encontró que leer ficción puede producir pequeñas mejoras en capacidades relacionadas con la empatía y la comprensión de los estados mentales de otras personas.
No significa que leer una novela te va a convertir automáticamente en mejor persona. Ojalá fuera tan así. Bastaría con recetar tres capítulos a algunos políticos.
Pero sí nos recuerda que la literatura puede ofrecernos algo más que evasión. Puede ayudarnos a mirar el mundo desde una vida que no es la nuestra.
Y aquí es donde entra mi libro
El silencio del alma cuenta la historia de una mujer que se enamora de otra en una sociedad profundamente religiosa y conservadora, entre los años 40 y 50.
Hay amor, culpa, violencia psicológica, miedo y muchas cosas que durante décadas se aprendieron a callar.
No es una historia escrita para personas LGTBIQ+ exclusivamente.
De hecho, me gustaría especialmente que la leyeran quienes nunca han tenido que esconder a la persona de la que estaban enamorados.
Quienes nunca sintieron que su familia podía dejar de quererles por su sexualidad.
Quienes nunca se preguntaron si sus sentimientos eran un pecado.
Porque no necesitas haber sufrido una injusticia para intentar comprender lo que significa vivirla.
Y tampoco quiero venderte la idea de que mi novela es una sesión de terapia encuadernada.
Es literatura. No tiene la obligación de curarte, darte soluciones ni dejarte con una sonrisa.
A veces una historia solo necesita mostrarte algo que nunca habías querido mirar.
Y eso ya puede ser suficiente.
Por supuesto, entiendo perfectamente a quien prefiere leer historias ligeras. Hay días en los que yo también quiero desconectar y no pensar demasiado.
Lo que me cuesta entender es esa necesidad de considerar negativo todo aquello que nos obliga a enfrentarnos a una realidad incómoda.
Porque una cosa es no querer leer sobre el dolor. Y otra muy distinta es creer que no merece la pena escribir sobre él.
Así que sí, he publicado mi primera novela.
No puedo prometerte que todas sus páginas sean agradables.
Pero sí que detrás de ellas hay una historia que me importaba lo suficiente como para atreverme a contarla.
Y ahora me gustaría que la conocieras.
Por cierto, sigo pensando que para las frases bonitas ya están las tarjetas de cumpleaños.
Aunque, visto lo visto, igual las próximas vienen con bibliografía científica.






