Quiere ser padre o solo tener un hijo
La diferencia entre el deseo real de cuidar y la fantasía de la paternidad como identidad.
Hay una frase que escuché demasiadas veces en mi vida: “Mi sueño es ser padre”. Durante años la tomé como algo tierno, incluso admirable. Hoy la escucho con otra atención. Porque cada vez tengo más claro que querer ser padre no siempre significa querer ejercer la paternidad.
Mi medio hermano es un buen ejemplo para empezar esta conversación. Desde sus veinte años repite que su gran sueño es ser padre. Yo siempre pensé que tenía sentido. Nuestro padre fue profundamente ausente, con él y con nuestra media hermana. Yo fui la única hija a la que realmente crio, porque sigue con mi madre hasta hoy.
Durante mucho tiempo interpreté ese deseo de paternidad como una carencia emocional. Como el intento de reparar algo que le faltó. Con el tiempo entendí otra cosa. Mi hermano no quería ser padre. Quería ser hijo. Y lo sigue siendo.
En todas las relaciones que tuvo, nunca se responsabilizó de nada. Ni de lo cotidiano, ni de lo emocional, ni de lo práctico. Siempre necesitó que alguien le sostuviera la vida. Decía querer formar una familia, pero no quería asumir ninguna de las renuncias, cuidados y responsabilidades que eso implica. La idea de ser padre le encantaba. El trabajo de serlo, no.
Y aquí le pregunto: ¿Cuántos hombres quieren ser padres y cuántos solo quieren decir que tienen un hijo?
Hay un patrón que se repite demasiado. Hombres que se sienten padres mientras están con la madre de sus hijos, pero desaparecen emocional o físicamente cuando la relación se rompe. Padres de fin de semana. Padres de fotos. Padres que delegan toda la carga mental, logística y afectiva en la mujer y luego se sorprenden cuando se les exige corresponsabilidad.
La maternidad sigue siendo un rol. La paternidad, para muchos, sigue siendo una identidad opcional.
También llama la atención otra contradicción. Muchos hombres dicen que su sueño es ser padres, pero no consideran la adopción. No quieren criar. Quieren reproducirse. Quieren verse reflejados. Quieren continuidad genética, no necesariamente vínculo. Cuando el deseo de paternidad depende exclusivamente de que el hijo “sea suyo”, conviene preguntarse qué es lo que realmente se desea.
Porque ser padre no es un título. Es una función. Y una función exigente. Implica presencia sostenida, cuidado diario, renuncia, responsabilidad emocional y compromiso incluso cuando no hay aplausos, pareja o reconocimiento social.
Cuando todo el peso cae sobre la mujer, no estamos hablando de paternidad compartida. Estamos hablando de una madre sola con un hombre alrededor.
Tal vez deberíamos empezar a hacer más preguntas incómodas.
¿Quieres criar o solo cumplir una expectativa social?
¿Quieres cuidar o ser cuidado?
¿Quieres ser padre o seguir siendo el centro?
Desear un hijo no te convierte en padre.
Nombrarte como tal tampoco.
La paternidad real no empieza cuando nace un niño. Empieza cuando alguien está dispuesto a dejar de ser hijo eterno y asumir, por fin, la responsabilidad de cuidar a otro. Aunque duela. Aunque canse. Aunque nadie lo celebre.




