Hace un tiempo escribí un texto sobre el concepto de “lugar de habla”. En aquel momento me interesaba especialmente una idea: todos hablamos desde algún lugar, aunque algunas personas hayan podido pasar buena parte de su vida sin tener que pensar demasiado en cuál es el suyo.
Hace poco leí Lugar de habla, de Djamila Ribeiro, y volví a ese texto. Pero volví distinta.
Porque una cosa es entender un concepto. Otra es encontrarte con una autora que te obliga a mirar qué significa ese concepto cuando atraviesa la vida real.
Djamila Ribeiro escribe desde la experiencia y el pensamiento de una mujer negra brasileña, pero el libro no se limita a hablar sobre mujeres negras. Habla también de poder. De quién ha sido considerado históricamente una voz legítima. De quién puede hablar sin que su identidad aparezca antes que sus argumentos. Y de quién, en cambio, entra en una conversación teniendo que explicar primero por qué tiene derecho a estar allí.
Hay una idea que me quedó dando vueltas después de terminarlo: tener un lugar de habla no significa tener razón automáticamente.
Tampoco significa que solo podamos hablar de aquello que hemos vivido.
Significa reconocer que nuestra posición en el mundo condiciona lo que vemos, lo que no vemos y, sobre todo, aquello que nunca tuvimos necesidad de ver.
Para mí, aquí está una de las partes más incómodas del libro. Porque es relativamente fácil reconocer el racismo cuando se presenta de forma explícita. Un insulto. Una discriminación evidente. Una agresión.
Mucho más difícil es reconocerlo en las estructuras que aprendimos a considerar normales.
En quién ocupa determinados espacios.
En qué autores estudiamos.
En quién aparece como especialista y quién aparece como “representante de una minoría”.
En qué experiencias tratamos como universales y cuáles necesitan siempre una etiqueta delante.
Por eso creo que Lugar de habla es una lectura especialmente necesaria para quienes no se consideran racistas.
El libro no intenta convencerte de que lo eres. Lo que hace es desplazar la pregunta.
En lugar de quedarnos únicamente en “¿soy racista?”, nos invita a pensar: ¿qué cosas puedo no estar viendo precisamente porque nunca me afectaron?
Mientras leía a Djamila, pensé también en bell hooks, en Angela Davis, en Lélia Gonzalez y en Chimamanda Ngozi Adichie. Autoras muy diferentes entre sí, pero que de distintas maneras han cuestionado algo que durante mucho tiempo se presentó como neutral: quién construye el relato sobre el mundo y desde qué experiencia lo hace.
Y hay algo importante aquí: escuchar otras voces no implica silenciar la propia. Implica entender que la propia tampoco es universal.
Parece una diferencia pequeña, pero cambia muchísimo la conversación.
Por eso regresé al texto que había escrito hace tiempo sobre este tema. Sigo estando de acuerdo con muchas de las cosas que escribí entonces, pero hoy añadiría una más:
Entender nuestro lugar de habla no debería servir para decidir quién puede participar en una conversación. Debería ayudarnos a participar en ella con más conciencia.
Sabiendo cuándo tenemos algo que aportar.
Cuándo necesitamos escuchar.
Cuándo nuestra experiencia puede ayudarnos a comprender.
Y cuándo, sencillamente, no sabemos algo porque nunca tuvimos que vivirlo. Para mí, esa es una de las cosas bonitas de leer. A veces un libro no cambia completamente lo que pensabas.
Simplemente te devuelve a una idea que ya conocías y te hace verla desde un lugar al que todavía no habías llegado.
Mi texto anterior, “Entendiendo el concepto del lugar de habla”, está aquí: leer el artículo en Smart News Lab.
Y si quieren conocer y seguir el trabajo de la autora, dejo también el perfil de Djamila Ribeiro en LinkedIn.





